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Saturday, February 11, 2012
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07

Por los montones que hizo la abuela cuando faltó él, lo que el abuelo debía tener de mayor valor para repartir entre los nietos, aparte de las viñas y la casa, era su reloj de oro de bolsillo, con su larga y pesada cadena, la gramola que yo nunca había podido escuchar porque de tan delicada que era debía haber dejado de funcionar incluso antes de que mi hermana mayor naciera, la Bultaco que sí que funcionaba y no veas como fardaba y la Larousse.

La verdad es que yo no entendía como la abuela no había metido en el reparto lo que para mí era lo más valioso, una pieza única, una obra maestra, algo que sólo alguien como mi abuelo podía hacer funcionar: la perdiz de reclamo. Él mismo la había hecho sin ser un manitas, sino todo lo contrario. Él era el único que conseguí hacerla cobrar vida para que la Canelilla le cobrara la muerta.

Yo, cuando era un canijo, pensaba que cualquier día se escaparía volando si no me terminaba la sopa como me pedían, luego, cuando ya era el más mayor de los nietos pequeños, sabía que no se escaparía nunca porque él me la ataba a la mano con un trozo de hilo que siempre se arrancaba de un colgajo, cuando ella no miraba. Yo no me la dejaría escapar por nada del mundo porque el abuelo decía que era la que mejor nos daba de comer, aunque yo nunca vi sus huevos ni su carne. Después, durante la época esa en la que “nadie me entendía”, yo no entendía como las tontas de las perdices que traía el abuelo se habían dejado engañar con ese trozo de latón, pero, en cuanto mi abuelo se convirtió en el amigo más perfecto del mundo, supe que eso no era una gran lata de atún golpeada y pintada, sino la experiencia de un hombre. Y no la de un hombre cualquier, sino la de mi abuelo.

¿Cómo la ella no había considerado aquel bicho como el mejor regalo que podíamos tener de ese hombre? Si había algo que había sido el abuelo, lo era mi padre y me correspondería ser a mí con el tiempo, por la carga de responsabilidad de mantener la tradición, era ser cazador.

Yo la miro, y toda la gente que viene a mi casa también. La he intentado hacer cantar pero sólo consigo que suene a chiflo malo, en raras ocasiones. La verdad es que a simple vista es un poquito fea pero bien mirada, es todo lo que mi abuelo me enseñó: “Las apariencias engañan”. “Nunca te rindas, sigue intentándolo”. “Déjate enseñar del que sabe, escucha”.”La experiencia es un grado”.”Hay que saber mucho para conseguir un poco”. “Cualquiera puede conseguirlo, no hace falta ser de otro mundo”.”Nadie debe hacerlo por ti si quieres disfrutarlo de verdad”.

No la tengo como trofeo de caza en el salón, nadie lo entendería. La tengo como referente, como tradición, guía, ilusión, compañera, responsabilidad y… la mejor herencia. Sigo sin conseguir que suene a celo pero os aseguro que cerrando los ojos le oigo vuelvo oír al abuelo contar sus batallitas y, cualquier día de estos, me la meto en la mochila y me la llevo a un banco del parque a ver si al menos engaño a un niño con ella, aunque sólo sea “porque hay que mantener la tradición”.

DANIEL ANGULO

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