El renacimiento supuso una nueva forma de entender la realidad, más acorde con la lógica intelectual. Los fenómenos naturales parecían comprensibles tras un estudio lógico de los procesos que intervenían en ellos. Las causas y los efectos se podían conocer y prever, y la ciencia se iba a ocupar de su estudio y desarrollo. La astronomía, la medicina, la matemática y la ciencia en su conjunto, van a salir definitivamente de los gruesos muros de la fe católica, y la recién nacida física va a suponer el empuje definitivo. Todos los fenómenos de la naturaleza van a tener una explicación terrenal, la iglesia católica, no sin una dura resistencia, va a perder el control en el desarrollo de estos conocimientos.
Galileo Galilei está considerado, muy merecidamente, el primer físico moderno. Galileo puso los primeros ladrillos de la física moderna, se podría decir que, no sólo los puso, sino que también los fabricó. Fue el primer científico que se atrevió a intentar comprender la mecánica del movimiento. Y no fue por casualidad o simple curiosidad, Galileo tuvo que buscar una explicación lógica para los efectos, inadvertidos para nuestros sentidos, que producían la traslación y rotación terrestre; Galileo se enfrentó solo, a la incredulidad de toda la clase ilustrada de su tiempo. El modelo heliocéntrico de Copérnico, demostrado por sus propias observaciones, llevaba implícito el fenómeno de la rotación terrestre, y esto suponía que todo objeto situado en la superficie terrestre, tenía que estar moviéndose a velocidades increíbles e incomprensibles en aquel entonces.
De la misma forma que actuó, cuando fabricó y utilizó su telescopio, antes de defender el modelo heliocéntrico de Copérnico, Galileo buscó la mecánica lógica que le permitió argumentar de manera irrefutable todos los efectos, extraños a nuestros sentidos, que el modelo heliocéntrico llevaba implícitos. Este concienzudo estudio dio origen al descubrimiento del fenómeno de la Inercia. Las conclusiones de su estudio no sólo podían explicar porqué los objetos o las mismas personas, no estaban afectados por el movimiento terrestre, sino que predecían fenómenos mucho más extraños para nuestros sentidos; Las matemáticas de Galileo también demostraban que una pluma y una piedra caerían a la misma velocidad en ausencia de aire, en el vacío. Sus estudios sobre la Inercia le llevaron a rectificar al Gran Leonardo, cuando descubrió que los cuerpos en caída libre seguían una curiosa secuencia matemática: Todos los cuerpos en caída libre, y en el vacío, mantienen una proporción entre el tiempo que transcurre y la distancia que recorren, y que Leonardo Davinci también estudió, pero que Galileo resolvió definitivamente.
Cada segundo que cae un objeto, la distancia que recorre se corresponde con la secuencia de nuestros números impares, es decir, el primer segundo el objeto recorre un metro, el segundo tres, el tercer segundo cinco, el cuarto siete metros, y así sucesivamente, lo que lleva a la conclusión, sumando cada una de las distancias, que el tiempo es proporcional al cuadrado de la distancia. Si sumamos las distancias recorridas cada segundo de tiempo se demuestra fácilmente; En el segundo segundo, valga la redundancia, la distancia recorrida es de cuatro (uno más tres), es decir, dos al cuadrado, en el tercer segundo, nueve (uno, más tres, más cinco), tres al cuadrado, el cuarto dieciséis (uno, más tres, más cinco, más siete), cuatro al cuadrado, etc. Esta curiosa relación matemática tan simple contribuyó enormemente en las ideas de su amigo Kepler, que andaba buscando un modelo armónico y matemático del Universo. Así que mientras Galileo se enzarzaba en una batalla, perdida de antemano, contra el búnker católico, Johannes Kepler se desprendía de su fe en su admirada matemática pitagórica y establecía el orden perfecto y definitivo de la mecánica de los cielos.
El modelo de Aristarco, dos mil años después, ya se había convertido definitivamente en el modelo más acertado y aceptado para explicar la totalidad de los ciclos celestes. Las ideas de Copérnico, las observaciones de Galileo, y las matemáticas de Kepler, que sustituían los círculos perfectos por elipses, encumbraban para siempre el modelo heliocéntrico de nuestro sistema planetario. Pero esto, lejos de acabar con la curiosidad científica, llevó al estudio de un nuevo fenómeno: El movimiento. ¿Porqué los cuerpos celestes obedecían unos movimientos tan precisos?, ¿Cuál era la naturaleza de aquellas leyes que gobernaban los movimientos planetarios?. Las matemáticas aristotélicas que usaban los nuevos físicos no eran capaces de resolver los fenómenos relacionados con el movimiento. Parecía evidente que se necesitaba un nuevo empuje en el desarrollo de la matemática; la física reclamaba una revolución matemática, y el inacabable, y eterno, estudio sobre la naturaleza del omnipresente círculo, volvía a adquirir relevancia.
Hasta entonces, las matemáticas habían supuesto una herramienta de incalculable valor para la geometría y seguían en su perseverante lucha por racionalizar del circulo. Desde tiempos de la edad dorada de la filosofía griega no se había avanzado mucho; el área de las superficies curvadas parecía una empresa imposible para la matemática. Cualquier figura irregular de cualquier cantidad de lados y aristas, se podía descomponer en distintas figuras regulares y calcular su área, mientras el círculo agotaba la paciencia de los matemáticos pero no la cantidad de triángulos que podía contener. Arquímedes, el genio, amigo de Eratóstenes, el que calculó el diámetro de la esfera terrestre, y ambos partidarios del modelo Heliocéntrico de Aristarco, recién establecido dos mil años después, de la esfericidad de la Tierra, llegó a calcular el área de algunas figuras curvas. Pero su sistema no se podía aplicar a todos los casos.
Kepler exprimió los conocimientos matemáticos de sus antepasados para explicar las variaciones de velocidad de los planetas, y la relación con las áreas de los semicírculos que recorrían. La problemática de la velocidad instantánea de los planetas, en cada punto de la elipse, que sus movimientos producían, era, en su planteamiento matemático, muy similar a la que se producía en el estudio del área del círculo. Si para el cálculo del área del círculo, el tamaño de los triángulos tendía a reducirse al infinito, para calcular la velocidad instantánea, ocurría lo mismo con el espacio o la cantidad de tiempo. Aunque Kepler estuvo muy cerca de lograrlo, se tuvo que conformar con trabajar con velocidades medias. Sus estudios, en manos de dos grandes matemáticos franceses (Fermat y Descartes), y concluidos, independientemente, por Von Leibniz y Newton, llevaron a la aparición y descubrimiento del Cálculo diferencial, la matemática que ordenaría, lógicamente, el puzzle filosófico que, el heliocéntrico sistema planetario re-descubierto por Copérnico, había provocado.
Tanto Kepler como Galileo, contribuyeron al nacimiento de una nueva percepción de la realidad. Demostraron que nuestros sentidos, sólo son capaces de mostrarnos una parte de la realidad, lo que confunde a nuestro razonamiento lógico, y nos desorienta en la búsqueda de la comprensión de nuestra propia existencia y los fenómenos que nos presenta. El egocentrismo humano, imperante desde nuestros albores intelectuales, sufrió su primer, duro, pero merecido, correctivo. Ellos mismos cometieron errores, y renunciaron a sus ideas en la búsqueda de una realidad más objetiva. Supieron renunciar a ideas preconcebidas, y con ello, poner los cimientos de la física moderna. Aunque las motivaciones de cada uno podían ser más o menos acertadas, no dudaron en renunciar a ellas, en pos del conocimiento objetivo y el avance intelectual del conjunto de la sociedad. Se enfrentaron abiertamente con los secuestradores de nuestros conocimientos universales, y prepararon el terreno, abonado por ellos mismos y sus predecesores, donde florecería la ciencia moderna y universal.