Desde hace más de 25 años, no he podido dejar de sentir curiosidad por ciertos fenómenos celestes cotidianos, y, hasta cierto punto, banales para la mayoría de nosotros, los mortales. La naturaleza de estos fenómenos parece haber sido resuelta por la ciencia a lo largo de los siglos. Eruditos, filósofos, pensadores y científicos, han desenmarañado el comportamiento complejo, pero a su vez armónico, del universo y de los objetos que lo componen. La humanidad, parece haber logrado la comprensión universal de las leyes que gobiernan nuestra realidad cotidiana y sus fenómenos celestes.
Aficionado, entonces como ahora, a la astrofísica, leía libros y revistas de divulgación científica en algunos de mis momentos de ocio. Estos momentos se limitaban básicamente a los trayectos de autobús y a las noches, donde sólo el cansancio daba fin a esa apasionante distracción. Un libro fue el responsable de esta afición o interés por la Ciencia. Su autor, un bioquímico estadounidense nacido en Rusia, desaparecido en 1992, se llamaba Isaac Asimov y su título: Introducción a la ciencia. Con 19 años, en mi segunda etapa de estudiante, acababa el bachillerato superior estudiando con nocturnidad y alevosía después de abandonar un prometedor futuro como auxiliar de farmacia. Félix, mi admirado y respetado profesor de Química me recomendó su lectura. El libro asusta. La edición de bolsillo (la más económica), que aún conservo, es un “tocho” maravilloso con 825 páginas y una minúscula tipografía que ya, hoy, mi vista no me permite ver con poca luz (cualquier oftalmólogo desaconsejaría su lectura). Lo leí dos veces seguidas y me aficioné para siempre al conocimiento de la ciencia, no de la ciencia en sí misma, pero sí, al conocimiento de su desarrollo y avances.
Algunos años más tarde, y no sé por qué con menos vista, en una publicación mensual de divulgación científica publicaron una portada sobre la, todavía hoy pendiente, discusión sobre el origen de la Luna. No leía esta publicación, pero me compré aquel número para leer las diferentes argumentaciones de los distintos modelos o teorías. Recuerdo que, con los circuitos neuronales frescos todavía, con toda aquella curiosidad nacida de la lectura de Asimov y de algunos autores más, no me encajaban, ni encajan todavía, ninguna de ellas en el modelo actual del Universo. La conclusión más curiosa de aquel artículo es que el final (contrario del origen) previsto de los tres modelos era el mismo: No recuerdo exactamente las argumentaciones, pero aventuraban la caída acelerada y definitiva de la Luna contra la Tierra. Me pareció extraño que tres modelos que planteaban un origen completamente distinto, coincidieran, casualmente, en su final. Por entonces estaba completamente aceptado que la Luna caía, lenta pero inexorablemente, hacia la Tierra (concretamente, poco más de un centímetro cada año) atraída por la enorme fuerza de la gravedad terrestre.
No sé por qué, supongo que no tenía otra cosa que hacer, me interesé por el sistema Tierra-Luna y, después de desarrollar gráficas sobre papel con líneas de tiempo, creo que entendí, realmente, el significado de la expansión constante y el movimiento relativo de los objetos en el Universo. Lo extraño, y por eso estoy escribiendo esto, es que, siendo un razonamiento sencillo y conocido desde principios del siglo 20, no se utilice coloquial y cotidianamente más de 100 años después.
Pocos fenómenos ocurren ya, que no tengan una explicación lógica por parte de la comunidad científica. Tenemos que mirar muy lejos, para encontrar nuevos retos a la comprensión humana de nuestro Universo. No ha sido un camino fácil, el conocimiento resulta muy caro, su coste se mide en tiempo y vidas, y su valor es incalculable. Es por esto por lo que siempre ha estado, y está, en manos del poder o viceversa: Quién tiene el conocimiento tiene el poder.
La historia está llena de verdaderos héroes, la mayoría de ellos anónimos, a los que les ha costado incluso la vida adentrarse en la comprensión de estos fenómenos. Pero a pesar de todo, hoy, en el siglo 21, tenemos a nuestro alcance toda esta información. Podemos decir que todas estas vidas, sufrimientos y esfuerzos no han sido en vano, podemos estar agradecidos y honrar la memoria de personas como Nicolás Copérnico, Johannes Kepler, Galileo Galilei, Giordano Bruno, Isaac Newton, Albert Einstein y un sinfín de pensadores que dedicaron su vida a poner sus conocimientos, fruto de un enorme trabajo, al alcance de toda la humanidad para, a la postre, conseguir un desarrollo social más ecuánime y justo. A todos ellos, les debemos una comprensión más objetiva y menos egocéntrica de los fenómenos celestes.
El humano, como especie, pasó de ser la causa de la existencia del universo a ser un componente más del mismo (algunos pensamos que hasta prescindible). Antes de la divulgación de las teorías y trabajos de estos pensadores, todo lo que existía en el cielo tenía una explicación divina, una deidad determinada lo había puesto ahí para disfrute del Ser Elegido, al igual que todo lo que nos rodeaba, de hecho, hasta al propio ser humano.
Las teorías, los pensamientos, las observaciones, la tecnología y todo lo que suponía un avance del conocimiento humano, se iba acumulando y atascando en el embudo de la Teología. Los que ostentaban el poder poseían el control del conocimiento que, a su vez, los mantenía en el poder. Hasta la aparición de la teoría Heliocéntrica de Copérnico, la Tierra, a parte de ser plana, era el centro del Universo. El cielo era una especie de esfera de cartón negro lleno de agujeritos a través de los cuales se podía ver el fuego eterno (que era tu destino si no te lo creías). Dentro de esta esfera se situaban los objetos que se observaban cotidianamente: El Sol, la Luna y los planetas. Todo esto daba vueltas a nuestro alrededor con una determinada frecuencia y nosotros, el ser humano, estábamos ahí, inmóviles en el centro, desde siempre y para siempre, Gracias a DIOS (uno cualquiera).
Afortunadamente, en la actualidad, desde muy pequeños, ya nos enseñan, aunque no lo entendemos, que el Universo es infinito, y que la Tierra, nuestra casa en el Universo, no está inmóvil, es un Planeta más de un Sistema planetario cuyo centro es una estrella a la que llamamos Sol, y además, tenemos un satélite que llamamos Luna que parece ser, y digo sólo que lo parece, es lo único que gira alrededor nuestro.
Parece, y digo que sólo parece, que hemos conquistado el acceso universal a la información, que ya hemos superado esa etapa de penumbra del conocimiento. Las nuevas tecnologías, parece, y digo sólo que parece, ponen todo este conocimiento a nuestro alcance. De todas formas, y a pesar de disfrutar actualmente del acceso a toda esta cantidad abrumadora de información, creo que aún tenemos una percepción muy estática y apacible del Cosmos.
Voy a intentar sembrar alguna duda:
¿La Luna es lo único que gira alrededor de la Tierra?
¿Acaso gira la Luna alrededor de la Tierra?
¿Pero, es que gira la Tierra alrededor del Sol?
¿Hay algo que gire alrededor de algo en el Universo?
¿Hemos superado, realmente, esa etapa de penumbra del conocimiento?