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Sunday, August 31, 2008
Capítulo I. El Universo Heredado
By rafadebarna @ 12:29 AM :: 1907 Views :: 0 Comments :: Article Rating
 

 Empecemos por el principo

 Nunca podremos saber en que momento exacto, el homínido que pululaba por la superficie terrestre, tomó consciencia del concepto abstracto del universo. Cuándo se formuló por primera vez esas famosas preguntas existenciales: ¿quiénes somos, de dónde venimos, a dónde vamos?. Y a las que hoy, les añadimos alguna otra: ¿Dónde estamos, que hacemos aquí?, y la del millón: ¿Porque nos lo preguntamos?
 Seguramente ese momento no llegó hasta que fuimos capaces, como especie, de sentarnos alrededor de un fuego con la absoluta certeza de que no nos acechaba ningún peligro desconocido. Ya podíamos mirar hacia arriba con la frecuencia y constancia suficientes para intentar encontrar una explicación, lógica y razonable, a lo que  observábamos. Veíamos, igual que hoy día, fenómenos que se repiten con distintas frecuencias: Cada noche, la Luna aparece con una luminosidad determinada y previsible, la Fase Lunar, se eleva, atravesando el horizonte, y desaparece hasta la noche siguiente. Igual que el Sol durante el día, describe un arco en la bóveda celeste de Este a Oeste, y cada 29 días y medio repite su fase. Es probable que aquel homínido, sin tiempo para cuestionarse la existencia del Universo, utilizara el ciclo lunar para sacar ventaja a sus rivales  evolutivos, seguramente era consciente de que cada poco más de 29 salidas o puestas de Sol, las noches eran totalmente cerradas, al contrario que 14 días después, cuando la luna llena iluminaba lo suficiente para salir de caza. Tomar consciencia del significado de este hecho nos hizo capaces de planificar, prever, y preocuparnos del futuro, aunque ese futuro sólo alcanzara un mes lunar. Es posible también, que algún avispado Homo Sapiens empezara a ver muchas más relaciones entre las frecuencias de los fenómenos de la naturaleza y los ciclos en el cielo nocturno.
 En aquellos tiempos eran más de celebrar los cumplelunas, lo que llamamos hoy "Esperanza de vida" no daba para muchos cumpleaños, la Luna debía ser algo mágico y venerado. Cada noche, alrededor del fuego, mirando el cielo repleto de miles de puntitos brillantes, siempre inmóviles en la misma posición, aparecía por el horizonte, tan grande como el Sol del día, y atravesaba el cielo enseñando siempre su misma cara, para ocultarse, justo antes de la salida del Sol, por el lado contrario. Era la única programación, del único canal, de la única televisión, que tenían.
 Sería mirando la Luna, y recordando algún suceso cotidiano, como a algún Einstein de la época se le ocurriría inventar la rueda, no sin el rechazo más absoluto del resto de la tribu que le vería pegas de todo tipo al invento. El caso es que la forma circular de todo lo que se observaba tenia que llamar la atención del estamento científico de la época. La Luna era redonda, y el Sol, visto en el reflejo de un lago, también lo parecía; incluso los puntitos más grandes de los que llenaban el cielo nocturno, también lo parecían. No debió ser difícil relacionar paulatinamente los fenómenos de la naturaleza con los celestes. Fenómenos periódicos como mareas, migraciones y recolecciones se podían calcular observando los cielos nocturnos y relacionando sus frecuencias con la posición de algún astro determinado.
 El hombre, como especie, estaba a punto de comenzar una existencia consciente con todas sus implicaciones filosóficas. La comprensión de esta especie de conexión entre el cielo y la Tierra lo llevará a su desarrollo intelectual, esa característica tan extraña, y que parece es, lo que nos diferencia del resto de las especies.
 Lo primero que hizo, seguramente, fue eliminar al inventor de la rueda, asegurándose que no quedara rastro ni memoria de él, lo mismo que hicieron con el inventor del fuego, por eso no se tiene más información sobre estos dos grandes inventores. Más tarde, creó una élite social para memorizar los acontecimientos celestes y controlar el conocimiento de éstos, los mismos que se encargarían de tomar las decisiones del grupo sobre la base de estos conocimientos. No es difícil imaginar al avispado de antes transmitiendo sus conocimientos, exclusivamente, a sus descendientes y familiares para, así, conservar los privilegios dentro del grupo a través de su linaje.
 El Ser humano se organizó socialmente, y unos cuantos elegidos eran los depositarios del conocimiento y la experiencia de toda una especie, mientras, el resto tenia que cazar, defender y velar por la supervivencia del grupo. No parece muy distinto a la actualidad, aunque ahora llevamos peor lo del estrés y somos unos pocos más los que podemos dedicar algo de nuestro tiempo a mirar hacia el cielo. Desde entonces, infinidad de culturas han logrado perdurar en el tiempo lo suficiente para dejar huellas de sus conocimientos y tecnología. Alrededor del mundo existen restos arqueológicos que demuestran el interés humano, a lo largo de su historia, por saber más acerca de un Universo que, todavía hoy, mantiene todo su misterio.
 La élite actual de brujos sigue haciéndonos creer que lo saben todo aunque, básicamente, sepan  lo mismo que aquellos primeros homínidos. Porque lo más importante para ellos sigue siendo, como entonces, que los que cazan,  ahora, algunos también leen o escriben libros, sigan cazando sin saber nada más. Antes de Copérnico nos hicieron creer, contra toda lógica científica, que ocupábamos un lugar privilegiado en la naturaleza: El centro universal, el centro espacial del Universo. En el siglo 16, el centro se desplazó hasta el Sol, y hay seguimos. Cuando Einstein introdujo el tiempo en escena y negó la posibilidad de la existencia de centro alguno, nos colaron un nuevo lugar privilegiado: El centro Temporal. Ya hacia más de 3 siglos que el hombre no era el centro de la creación, su morada no era el centro del universo. Se había tenido que admitir que el centro era el Sol. Las concesiones se habían acabado. Seguimos girando alrededor del Sol en un universo sin centros.
 Hoy “sabemos” que el sistema solar nació, más o menos, hace 5000 Millones de años y nos quedan otros, más o menos, 5000 más para que el Sol se convierta en una Gigante roja. El parto fue múltiple y, según se cree, relativamente tranquilo; Sólo hubo que lamentar una víctima: Un hermano nuestro, un planeta situado entre Marte y Júpiter que no llego a formarse.
 No está mal. No estamos en el centro espacial por poco, pero... Seguimos en el centro... Ahora es el centro Temporal. Es una nueva Fe; una Fe alternativa y con base científica. Si la esperanza de un futuro mejor no la encontramos en la Teología, la ciencia nos ofrece una alternativa: El futuro, más allá de un mes lunar, parece garantizado y el destino se puede explicar, aunque eso sí, la explicación se esconde detrás de la incertidumbre de las posibilidades. Por lo menos, en esta nueva Fe, nuestro destino no está en las caprichosas manos de un ser superior, pero tal vez esté atado a unos principios anquilosados y erróneos. 

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