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Sunday, August 31, 2008
Capítulo II. Los Pilares de nuestra ciencia
By rafadebarna @ 12:28 AM :: 954 Views :: 0 Comments :: Article Rating
 

El Nilo. La civilización egipcia.

 Entre todas las civilizaciones antiguas, la egipcia, sin ninguna duda, es la más estudiada y sorprendente. En la actualidad, y desde los primeros descubrimientos arqueológicos, ha desafiado la lógica de todos sus estudiosos. Constantemente, y detallados en miles de publicaciones, se hacen nuevos descubrimientos que cuestionan las teorías prestablecidas. Todos los medios de comunicación se hacen eco, actualmente, de algún hallazgo que da pié a una nueva teoría, e incluso existe una especie de maquinaria que alimenta el misterio en periodos de sequía en el avance de su estudio. El estudio de esta civilización se ha convertido en un buen producto para nuestra sociedad consumista, mediante un estudiado marketing que alimenta un cierto halo místico. Afortunadamente, esta especie de producto comercial en que se ha convertido, ha permitido, también, un contacto más íntimo entre nuestra ciencia y esta maravillosa cultura.
 Después de los últimos descubrimientos arqueológicos, se cree que el valle del Nilo supuso una de las dos rutas que nuestros ancestros Sapiens utilizaron en la colonización total de nuestro planeta. Partiendo de Africa, el hombre moderno, hace más de cien mil años, emprendió un largo pero sufrido viaje dispuesto a colonizar el inagotable planeta Tierra. Una de esas rutas, siguiendo las costas orientales de Africa, y atravesando la India y la costa asiática, le llevó, hace más de 60 mil años, a colonizar el continente Australiano. Otra, acompañando el frondoso y rico valle del Nilo, les llevó a la conquista de Europa, Asia y por último, atravesando Alaska, el continente Americano.
 No debemos entender estos viajes migratorios como un viaje turístico de un grupo de valientes y  salvajes homínidos desafiando todo tipo de peligros y penurias, sino más bien, una lenta pero inexorable ocupación del medio, que necesitó, incluso, de numerosas adaptaciones del organismo humano y que acabarían dando lugar a las diferentes razas humanas existentes en la actualidad.
 A lo largo del cauce del río Nilo se establecieron, seguramente, los primeros asentamientos de estos atrevidos humanos. La riqueza en recursos de este enorme valle, a orillas del Nilo, permitió la creación de importantes asentamientos con complejas estructuras sociales. Pero no sería hasta hace poco más de 5 mil años, cuando estos importantes asentamientos acabaron unificándose y originando una cultura común. Tres mil años antes de nuestra era, más o menos, hace 5200, los pobladores del Medio Nilo, unificaron definitivamente El Alto, Medio y Bajo Nilo y dieron paso a la civilización egipcia, que finalizaría a manos del imperio romano 31 años antes del comienzo de nuestra era.
 Sin obviar la importancia de su desarrollo social durante más de 5 mil años, su desarrollo científico fue impresionante y los restos arqueológicos que han llegado hasta nuestros días son una maravillosa prueba de ello. Su astronomía, su escritura, sus construcciones, su geometría y en definitiva, su desarrollo científico ha permitido la supervivencia de muchos rasgos de su cultura hasta nuestros días. La influencia de su cultura está muy presente hoy día en nuestra civilización actual. Su geometría fue la base de nuestras matemáticas, sus observaciones astronómicas forman parte de nuestra astronomía, y sus construcciones monumentales siguen causándonos admiración. Y sin embargo, el descubrimiento de su importancia intelectual es relativamente reciente. Hasta hace poco más de 200 años no sabíamos nada de esta asombrosa civilización. El imperialista Napoleón, el descubrimiento de la piedra “Rossetta”, en 1799, y la pericia de un gran investigador francés, Jean-François Champollion, nos abrierón la puerta al entendimiento de la importancia que tuvieron, en el nacimiento de nuestra propia cultura. Sus escritos jeroglíficos, grabados en sus innumerables construcciones y papiros, han dejado constancia de sus conocimientos científicos y de su historia.
 Fueron los inventores del mortero que, todavía hoy, utilizamos en nuestras construcciones; los primeros topógrafos, llegaron a embalsar agua del Nilo para las épocas de sequía; los inventores de la primera escritura y su primer soporte “transportable”: El papiro; y de infinidad de adelantos tecnológicos, todavía hoy utilizados, tan familiares como el vidrio.
 De todos sus avances científicos, los más importantes fueron, sin duda, el concepto abstracto de las matemáticas y el sistema decimal, que han perdurado hasta la actualidad. Existen papiros, datados hace más de 3700 años, con complejas fórmulas matemáticas que demuestran el conocimiento del famoso teorema de Pitágoras; el número Pi; y el número áureo (Fi), presente este último, en las proporciones de la mayoría de sus pirámides.
 El desarrollo matemático egipcio se debió, fundamentalmente, a la necesidad de encontrar formas de cálculo sencillas, para aplicar los impuestos, sobre las zonas de cultivo. La variabilidad de las superficies de cultivo, debida a las crecidas y bajadas del Nilo, complicaban el cálculo de los impuestos sobre estas, y la geometría, fue la solución perfecta y exacta que desarrollaron para este fin. Una vez más, en la historia de la humanidad, el ingenio para resolver un problema cotidiano, abrió las puertas a un desarrollo científico que llevó a crear estructuras monumentales y de proporciones perfectas. La irregularidad de los terrenos de cultivo, que no eran perfectamente rectangulares, les llevó a ser los primeros en buscar la cuadratura del círculo, y de ahí, nació el primer valor del número Pi, con un error de menos de 2 centésimas: 3,16. Para llegar a este resultado, comprobaron, que la superficie de una circunferencia de un diámetro determinado, era igual, a la de un cuadrado con lado de ocho novenas partes de dicho diámetro.
 Si sorprendentes fueron sus conocimientos matemáticos, aún más lo fueron sus conocimientos astronómicos. Todas sus extraordinarias y monumentales construcciones, tenían relación con sus observaciones astronómicas, y de alguna manera, su disposición, alineación y referencias, se debían a estas observaciones, que anotaban meticulosamente, noche tras noche. Ellos, fueron los primeros en utilizar el año solar, gracias a estas meticulosas mediciones, y ellos, fueron también, los primeros en dividir el año en doce partes; las mismas que hoy llamamos meses. Conocimientos, todos ellos, que, aún hoy, en la actualidad, nos siguen sorprendiendo. Se sospecha que conocían la existencia de una enana blanca compañera de Sirio, Sirio B, que no fue observada hasta la década de 1970, gracias a un potente telescopio.
 No cabe duda que la cultura del antiguo Egipto, llena de misterios e interrogantes, incluso en las dataciones arqueológicas, es una de las principales responsables del nacimiento de nuestra ciencia actual. Sus conocimientos se pierden en el tiempo, más allá de 7 milenios, y el conocimiento de su historia resulta extremadamente complicado en fechas tan lejanas, pero actualmente, las nuevas tecnologías, nos están ayudando a resolver poco a poco sus interesantes interrogantes. La fusión, obligada durante el dominio persa, de sus conocimientos, con los conocimientos de sus antiguos parientes, la vecina cultura Mesopotámica, permitió, el posterior desarrollo de la extraordinaria cultura griega, precursores de la ciencia que nos a traído hasta aquí. Sólo las sucesivas invasiones de estos antiguos familiares, los reinos de Babilonia y Macedonia, en los siglos Sexto y Cuarto, antes de nuestra era, y la definitiva, 30 años antes de comenzar a contar nuestros años, por parte del imperio romano, supusieron el fin de esta maravillosa cultura, que tanta sabiduría nos ha legado. Del fin de este periodo histórico, nacen las más importantes contribuciones que harían posible, el nacimiento de la ciencia como la entendemos hoy. Los conocimientos acumulados durante miles de años, se diseminaron por oriente medio y el mediterráneo oriental.
 Cayeron sus dioses, pero, los que quedarían, presentían su final. Un final agónico y difícil, pero sin vuelta atrás.

 

 

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